16 abr. 2013

Los hipsters


     No habían terminado de comerse el último kinderchocolat y ya estaban jugando con mamá a hornear magdalenas caseras.
      Para algunos, los hipters son los hijos de aquellos que llevaron alguna vez una flor entre los dientes por las calles de San Francisco.O que escucharon las canciones de Bob Dylan cuando volvía a la autopista 61.
       Se sientan a desayunar en esas pastelerías de estilo artesanal en las que sirven mocha latte con magdalenas caseras y esponjosas en cestitos de mimbre.Pero no piensan en el tiempo perdido porque son jóvenes todavía.Con esas gafotas de pasta negra,como de profesor chiflado, zapatones negros y pañuelos reliados al cuello, jerseys de lana gorda aunque sea verano,parece que han metido la mano en el armario sin mirar y con prisas, y se han puesto lo primero que han pillado. De lo que nunca se olvidan es de llevar una mochila o un zurrón de pastor, aunque dudo que distingan entre una oveja y ciertos perros lanudos.

                                  
        No creen en los gustos de la mayoría,en ese palabro anglosajon del «mainstream» y quieren escapar de las garras del mercado global.
          Y lo local tiene un gusto especial: Una lechuga que ha crecido enfrente de la ventana de casa sabe mejor que otra de la cara opuesta del mundo.No son herbívoros porque la evolución natural no les ha dado el suficiente tiempo para atrofiar el resto de cerebro reptiliano donde reside el instinto carnívoro, y rumiarían de muy buen grado con tal de no provocar sufrimientos innecesarios en la naturaleza.
        A los hipsters les encanta desplazarse en la ciudad con esas bicicletas de estilo vintage, con su cestita en el manillar, que no dejan huella de carbono.Y tienen ese encanto de los que sueñan con una ciudad de casas de muñecas, arbolitos enanos y carreteras de regaliz.
         Un hipsters nunca se daría un paseo por el lado oscuro de nada.
         Los más pesimistas intuyen que la pecera se romperá antes de que aprendamos a respirar fuera del agua.Pero los mas optimistas piensan que una billonésima de segundo después del Bigbang es lo mismo que el techo de la Capilla Sixtina menos el hombre viejo de la barba blanca flotando sobre las nubes.Después de parir esta ecuación se refrescan con el zumo de las manzanas de Steve Jobs,de Guillermo Tell,del huerto de Newton y del Jardin del Edén y se sienten en la gloria.
           Cuando un hipster desayuna unas magdalenas esponjosas, horneadas en casa,presentadas en su cestita de mimbre se cree que está dándole una patada a todos los huevos de la bollería industrial.




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